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¿Qué es el luciferismo?

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¿Qué es el luciferismo?

Mensaje por Deep el Dom Sep 26, 2010 7:52 pm

Información tomada de una miembro:

Desde la primera vez que entré en Red Satánica,hace ya casi 8 años, varias han sido las veces que he tenido que entrar a corregir a gente que tomaba al luciferismo por simple satanismo creyente. A lo largo de todo ese tiempo, habiendo tenido que repetir lo mismo una y otra vez, anuncié varias veces la publicación de un artículo aclaratorio, que informara sobre la historia, doctrina, liturgia y filosofía luciferinas e incluyera una comparación con las principales de las mal llamadas “doctrinas satánicas”. Muchos fueron los usuarios interesados en él, pero, por unas causas u otras, siempre acababa baneada antes de completar la redacción del citado artículo. Hoy, finalmente, lo tenéis aquí.

Dedicado a todos los interesados en el luciferismo, así como a todos los cerebros pensantes y las mentes abiertas, independientemente d ela religión o creencia a que pertenezcan. Isabel Goldwie.

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Es un error muy extendido el confundir luciferismo con satanismo creyente. Tanto que, fuera del propio conjunto de sus iniciados, la inmensa mayoría de quienes han oído hablar de ellos lo creen así, incluidos “grandes expertos” en ocultismo e incluso personalidades representativas de las otras mal llamadas “religiones satánicas”. Muchas veces he tenido que aclarar este equívoco en éste y otros foros, pero la aclaración sólo llega a unos pocos e, inevitablemente, siempre vuelve a surgir el tema y he de repetir de nuevo la explicación. Comoquiera que ésta es algo larga y engorrosa para una respuesta en un foro o chat, escribo hoy este artículo con la idea de instalarlo en la biblioteca de Red Satánica, con objeto de poder remitir a él en el futuro a los interesados en la cuestión.

LUCIFERISMO, LA RELIGIÓN MILENARIA

Un poco de Historia

Cuando dices que el luciferismo es la religión más antigua del mundo, incluida la judeo-cristiana, invariablemente te suelen responder: “¡Imposible! ¿Cómo va a ser más antigua que la judeo-cristiana si Yaveh creó a Lucifer?” Aflora entonces una lacónica sonrisa en labios del iniciado luciferino o conocedor de la ciencia, que suspira e inicia una vez más su relato sobre los orígenes. Es de esperar que, quien esté leyendo estas líneas, sea alguien con interés por aprender, tanto como si es para abrazar esta fe, como para repudiarla o simplemente conocerla. No me dolerá escribir sobre ello una vez más.

Hace más de mil años, durante la Alta Edad Media, la Iglesia Católica irrumpió en Europa a sangre y fuego, llevando su mensaje desde el Mediterráneo hasta el Báltico y desde los Cárpatos al Atlántico. La impuso por la espada y por el fuego, proscribiendo los cultos paganos ancestrales y quemando a sus sacerdotes. Para ella sólo había un dios verdadero, y ese era Yaveh, con lo cual todos los demás resultaban dioses falsos y demonios. Todas las divinidades ancestrales fueron satanizadas o relegadas a simples mitos. Entre ellas Lux-Ferre (Lucifer), el dios romano del conocimiento.

“Pero… -me parece estar escuchando ya al lector preguntarse- ¿Lucifer no era el Ángel Caído, aquél a quien Yavhe precipitó al abismo en castigo por haberse creído en su osadía igual a su creador?”. Pues no, amigo lector, no es así. En realidad, el Diablo jamás existió para los judios ni los primeros cristianos. Lucifer era una divinidad menor romana, y Satán, según reza el Antiguo Testamento, un simple ángel espía de Yaveh, que informaba a éste de si los hombres cumplían sus deberes para con él. Seguramente esta condición de chivato fue la que debió investirlo de un carácter negativo que, con el tiempo, llegaría convertirlo en el Maligno. Ni siquiera el capítulo del Génesis que narra el encuentro de Eva con la serpiente, hace referencia a diablo alguno. Si tomáis una Biblia y lo repasáis, comprobaréis que allí el ofidio es sólo nombrado como el más pérfido y astuto de los animales, nunca como Satán.

En una de las primeras traducciones de la Biblia del griego al latín, el autor, del cual no recuerdo ahora el nombre, debió enfrentarse a un importante dilema: la tan cacareada caída de Lucifer, hacía referencia en realidad a Nabucodonosor, rey de Babilonia, que en las Sagradas Escrituras era llamado “astro rutilante”. ¿Qué cuál era el dilema? Pues que el término no tenía equivalencia en la lengua de Roma. Ante tal hándicap, optó el traductor por denominarlo con el nombre del dios latino Lux-Ferre, que literalmente significa “el portador de luz”, con lo cual la caída de Nabuconosor, el “astro rutilante”, pasó a convertirse en la caída del “portador de la luz”, Lux-Ferre. Como ya he comentado, para la Iglesia Católica los dioses de las otras religiones, o bien eran simples mitos, o bien demonios, con lo cual la suerte estaba echada para la figura de Lucifer de cara a los siglos venideros, durante los cuales, la integrista y fanática furia evangelizadora de la Iglesia Apostólica Romana, le haría buscar a los enemigos de su dios con ahínco y decisión.

En efecto, teólogos y sabios cristianos eran de la opinión de que, si existe el blanco, necesariamente debe existir también el negro. Si hay luces debe haber sombras, y si existía el dios del Amor y la Verdad, debía tener su equivalente mezquino y embustero, y éste debía ser sin duda aquél a quien adoraban los paganos bajo diversos nombres. Ésto no era nada nuevo, ya hemos visto que desde muy pronto lo tenían claro los evangelizadores, pero, llegados a un punto, debieron comenzar a emplear su creatividad para deducir cuál debía ser su culto. Evidentemente, brujos, chamanes, druidas y demás, debían ser los sacerdotes de ese perverso ser; sus seguidores, los adoradores y sus rituales, la forma de adorarlos. A la pregunta de en qué debían consistir éstos, los sabios debieron encontrar lógica respuesta sin siquiera informarse: si lo contrario del blanco es el negro y de la luz la sombra, la liturgia satánica debía resultar una inversión de la católica. Cruces al revés, misas negras, hostias inmundas… Si Dios pedía amor y hermandad a sus hijos, el Diablo debía pedir odio y mezquindad, y recompensar a los suyos por sus crímenes, con lo cual brujos y brujas debían ser necesariamente seres de extrema perversión y maldad.

Con ésto hemos llegado pues a la degeneración de los cultos paganos, desde las ancestrales religiones naturales, hasta el abominable satanismo que sembró el terror en toda Europa desde la Edad Media. La gente creyó en la existencia de estos adoradores del Diablo. Creyó que realmente el Diablo premiaba con la felicidad terrena a los que su fe abrazaban, y solo era cuestión de tiempo que nacieran los primeros satanistas reales, seducidos por este mito. El satanismo nació en la calenturienta imaginación de los teólogos medievales, que crearon con ella un enemigo que nunca antes existió.

“Pero entonces… ¿qué es en realidad el satanismo? ¿Es la religión de los celtas? ¿La de los nórdicos? ¿La greco-romana?...”

¿QUÉ ES EL LUCIFERISMO?

Desde los albores de la humanidad, el hombre ha creído en entidades metafísicas que representó ya en las cavernas del Paleolítico. Entre ellas, la figura del dios cornudo, símbolo de fertilidad y potencia, es un símbolo universal que se repite en todas las religiones a lo largo del tiempo y el espacio. Pero no es el único. Casi todas ellas, sino todas, hablan también del Diluvio Universal, antes del cual, su dios se apareció a uno de los suyos para avisarle con la prevención de que construyera un barco o similar y que embarcara en él una pareja de cada animal. Esto último no ocurre en todas, pero sí en muchas, con coincidencia de datos sorprendentes a pesar de no haber mantenido contacto alguno esas respectivas culturas –polinésicas, amazónicas, chinas, aztecas…- entre sí, en la época en que se originaron esas leyendas, que viene a ser la misma aproximadamente en todas ellas. Otro mito recurrente es el del dios o ángel benefactor de la humanidad, que se enfrentó a sus semejantes para robarles el fuego divino –el Saber- para entregarlo a los hombres, una de cuyas versiones más conocidas es la del drama de Prometeo. Pero, aunque casi siempre se representa de esa manera, como un robo del fuego sagrado, hay otras que narran una historia similar pero de forma diferente. Sería el caso de la serpiente del Paraíso, que cometió el sacrílego crimen de dar de comer a Eva el fruto del Árbol del Conocimiento. La serpiente es, además, otro de ésos símbolos universales que se repiten en la mayoría de culturas y religiones con idéntico significado, representado continuamente como animal extremadamente astuto e inteligente y, a menudo, pérfido.

“Bueno, pero… ¿qué significa todo esto?” Bien; tenemos pues a unos dioses que se repiten a lo largo del tiempo en las diferentes culturas y religiones que ha conocido la humanidad, celosos de ese fuego sagrado que es la base de su divinidad, el Conocimiento; y, con ellos, varias historias y roles que se repiten en todas ellas, pese a haberse originado en pueblos separados incluso por océanos y continentes, que ningún contacto tuvieron entre ellos. No resulta descabellado pues pensar en una misma base para esas distintas leyendas, cuya historia debió pasar de boca en boca durante miles de años, dando lugar a los diferentes mitos y religiones que el mundo ha conocido. Mitos y religiones que, no obstante, contendrían una misma base real deformada por milenios de tradición oral. Las distintas mitologías serían pues un lenguaje de símbolos que, de manera similar a como lo hace el onírico –de hecho, según Freud, el lenguaje de los sueños sería una mitología personal- de lo que hay en nuestro inconsciente, nos hablaría de una realidad ancestral que nuestros antepasados conocieron o percibieron de alguna manera, cuando vivían en contacto permanente con la naturaleza. Y aquí es donde entra en juego el luciferismo.

Heredera de las religiones naturales que se practicaron en Europa desde la antigüedad, es dogma luciferino que todas la existentes y que han existido, que por más que renieguen no dejan de ser hermanas unas de otras otras, hablan de una misma verdad universal con símbolos que el hombre estableció, cada pueblo según su cultura, y es tarea del adepto estudiarlas e intentar separar el polvo de la paja, en busca de esa base real que todas comparten. Entiende asimismo que esa misma verdad debe ser algo afín a la misma Naturaleza, con lo cual las religiones de la antigüedad basadas en el culto a ésta –paganismo, greco-romana, celta, vudú…-, estarían mucho más cercanas a esa verdad trascendental que las cinco grandes monoteístas de nuestro tiempo: cristiana, budista, islámica, hebrea e hinduismo, deformadas por miles de años de intereses, malinterpretaciones y modificaciones, intencionadas o no, del mensaje original de los grandes profetas, que debió ser bien distinto del que nos ha llegado a nosotros y nos enseñan como tal. Por ello, toma como base aquellas religiones para conformar su liturgia y filosofía, con lo cual podríamos decir que el luciferismo es religión heredera de la celta y nórdica europeas, pero integrando ingredientes de todas las del mundo, con preferencia hacia las naturales.

En todos los cultos y mitologías que ha habido, se habla de un ser amigo de la humanidad, que según algunas versiones se enfrentó a los que eran como él, e incluso a sus superiores, en defensa de ésta para entregarles el más preciado de sus privilegios, la inteligencia, y según otras fue él mismo el ser supremo y lo hizo sin enfrentamiento. Según hablemos de una u otra variantes, estaremos haciéndolo de luciferismo o bien de luciferianismo. Según el primero, ese amigo de la humanidad fue un ángel que se enfrentó al ser supremo. Según el segundo, fue ese mismo ser.

Todo esto puede sonar a desvarío místico, pero tened en cuenta que estamos hablando de símbolos. Toda esta historia, por ejemplo, podría estar hablando de un ser superior –superior puede significar, desde simplemente más evolucionado, a algo mucho más allá-, que en algún momento y de manera similar a lo que ocurre con el simio en la película “2001: una odisea del espacio”, decidió otorgar al hombre el don de la inteligencia para arrancar los secretos del Cosmos, que podría ser –el Cosmos- ese creador celoso de éstos al que se enfrentó.

“Bien, pero… ¿por qué entonces “luciferismo” y no “luguismo”, “mitraísmo” o “prometeísmo”, por ejemplo? Al fin y al cabo, tú misma has dicho que Lux-Ferre no fue más que una deidad menor”.

En parte tendría razón quien se hiciera esa pregunta. Se supone que el mecenas luciferino, una fe que persigue el Saber como última finalidad, debe ser el dios del conocimiento, pero éste está representado en todas las mitologías. Personalmente pienso que el adoptar esta denominación ha sido un error por parte de quienes lo hicieron, con el cual no han hecho sino seguir el juego a quienes los acusaron de adorar al Diablo judeo-cristiano. Cuando en la década de los 60 Anton Lavey creó su Iglesia Satánica, aseguraban él y sus seguidores invocar en sus rituales a la misma fuerza natural, que para nada era un diablo, que aquellos invocadores mágicos de la antigüedad, concibiéndola como un ente impersonal. Sin embargo, habían otros que también invocaban a la misma y le negaban ese carácter diabólico, pero no su entidad personal, y decidieron adoptar el otro nombre que la iglesia de Roma había dado a ese benefactor de la humanidad que creyeron diablo. Supongo que debió ser por odio ancestral y resentimiento, que derivó en mantener un estúpido desafío. Opino que fue un error. El luciferismo es, como he explicado, muy anterior al cristianismo, y nunca debió consentir mantener la confusión de ser una mera religión opuesta a ésta. En realidad, son las grandes religiones monoteístas, que surgieron mucho después, las que señalaron como enemigo a la luciferina y no al contrario. Por otro lado, hubo una escisión entre los propios satanistas laveyanos, por parte de un sector no de acuerdo con la concepción impersonal de ésa energía que invocaban, dando lugar a “El templo de Set”, que nada tiene que ver con los luciferinos.

LITURGIA

La liturgia y ritualidad luciferina, es muy distinta de la satánica. El lego pensará que ambas deben ser cosas similares, pues todos saben que Satán y Lucifer son el mismo ser. ¡Sic! Incluso, lo que es ya rizar en rizo, es común entre los mismos satanistas y WICCAs, que se podría suponer a priori, deben entender más de estas cosas, considerar a los luciferinos como simples satanistas creyentes y adoradores del Diablo, con lo cual caen en los mismos errores que echan en cara a la Iglesia Católica, medios u opinión pública en general, juzgando y condenando como ellos algo que desconocen y sobre lo que no se han tomado la molestia de informarse.

Satanismo y luciferismo invocan a una misma cosa, consistiendo la diferencia básica entre ellos en que unos la entienden como un mero arquetipo y los otros como un ente real, pero, a partir de ahí, adoptan caminos tan distintos como los de las ramas de un enorme roble en busca de la luz del sol. La ceremonia básica luciferina es la Misa Roja, llamada así por los sacrificios rituales que en ella tienen lugar y que, dependiendo del fanatismo y/o implicación del grupo o individuo con sus principios, irá desde la simple inmolación de un gallo negro, hasta la ofrenda de una vida humana. Esto resultará estridente para muchos, pero piénsese que sólo luciferinos muy avanzados y ya en el último nivel alcanzable en esta vida, o bien meros desequilibrados que impropiamente se consideran tales, llegarán al último extremo, y que entre ellos hay amantes de los animales que lamentan tener que recurrir a la muerte de una pobre ave, pero que recurre a ella como vosotros cuando coméis su carne.

La Misa Roja es la ceremonia religiosa por antonomasia, practicada por la humanidad desde hace miles de años. Jesucristo, en su última cena, simbolizó la sangre con el vino, aboliendo con ello el sacrificio ritual practicado hasta entonces por el pueblo hebreo –al igual que por todos los de la antigüedad-, de resultas de lo cual, como dice el maestro Bourre en el único libro dedicado al tema que vale la pena leer, la Misa Católica no resulta más que una parodia de la Misa de Sangre original, y la Misa Negra, concebida por los teólogos medievales como simple inversión de la anterior, quedaría todavía como parodia de la parodia.

Al margen de la ceremonia básica, hay otras de iniciación, tránsito, despertar, partida. etc, como en cualquier otra religión. Pueden éstas variar más o menos de unas agrupaciones o hermandades luciferinas a otras, pero las bases y el fin perseguido con ellas es el mismo. Acerca de éstas se mantiene un hermetismo absoluto, pues el camino luciferino es algo que se debe perseguir, seguir y alcanzar únicamente por pura y auténtica convicción. Determinadas prácticas y conductas no pasarán desapercibidas para todos, y casi con toda probabilidad el auténtico iluminado conseguirá sintonizar con la frecuencia que busca. Sólo diré pues, que la filosofía luciferina considera al ser humano de inspiración divina, la estrella caída de Aleister Crowley, y su ceremonial busca el renacer a su auténtica naturaleza, debiendo para ello pasar una serie de pruebas en las que será puesto cara a cara con sus peores demonios internos. El auténtico inspirado los buscará y afrontará, quedándose en el camino los que no lo sean y de una forma u otra llegaron hasta aquí. En realidad, estos “filtros” serán una constante en el camino hasta el objetivo final, y no será extraño que muchos no los superen e incluso se vean abocados al suicido, víctimas de la más absoluta desesperación tras haber buscado a sus más arraigados miedos y no haber sido capaz de vencerlos. Pasará así el adepto por experiencias como ser enterrado vivo, abandonado durante días en una oscura cueva para reflexionar sobre la muerte y el miedo a la desaparición perpetua, ser llevado al borde mismo de aquélla mediante estrangulamientos, drogas, etc, siempre buscando aquéllo que más se tema para enfrentarlo y vencerlo. Sólo cuando pueda decir que así lo ha hecho, podrá acceder a la auténtica iniciación.

Pero tampoco vaya a creer el lector que con ésta llega la alegría. En este segundo estadio, se buscará la saturación de las sensaciones de la carne, con el objetivo de acabar separando ésta del espíritu. Placer y dolor serán perseguidos entonces con igual ahínco, en lo que muchos podrían creer una suerte de capricho masoquista. El iniciado buscará una y otra vez el éxtasis total a través del sexo, las drogas y todo tipo medios que reporten sensaciones agradables, pero de igual manera perseguirá el dolor, el frío, la angustia y demás sensaciones desagradables. Meditación en la nieve desnuda, bajo cascadas de agua helada, a pleno sol, sin ropa y con éste abrasando la piel, inmersiones en el agua hasta perder el conocimiento por asfixia… Violaciones, vejaciones, humillaciones, etc, se acompañaran de sexo embriagador, gula, suaves “colocones”, orgías… hasta llegar al punto en que tanto da lo uno como lo otro, el tan ansiado estado puramente mental y ya casi espiritual, totalmente ajeno a las sensaciones de la carne.

Llegados a éste, nada restará al adepto por hacer en éste mundo y optará por abandonarlo voluntariamente. Alcanzado tal nivel de perfección, la propia consciencia, ya más en un plano espiritual que en el físico en que permanece el cuerpo carnal, sólo podrá verse distraída y obstaculizada en su última evolución por su permanencia en éste, pudiendo influir negativamente en su tan costosamente alcanzado estado cual interferencias en una radio. A este nivel corresponde la figura de la vieja bruja del bosque, el ermitaño en su cueva o el mago en su monte, alejados del hombre y sus costumbres y a solas con sus pensamientos, normalmente ya ancianos, pues no parece factible alcanzar tal nivel en menos de una vida entera y serán muy pocos los que no vean aun más dilatado el proceso. Aquí depurará su espíritu de las últimas impurezas y se preparará para el último acto. Llegado al máximo estadio, el correspondiente al máximo grado de evolución alcanzable en este plano y con su espíritu ya totalmente libre de la esclavitud de la carne, habrá llegado para éste el momento de separarse definitivamente de su envoltura carnal, autoinmolándose el adepto, recurriendo al suicidio para pasar al siguiente plano, donde continuará su evolución. A este último acto se refería Merlín cuando de despidió del Rey Arturo diciendo aquello de “Hay otros mundos. Éste ha terminado para mí.” Pero será muy difícil encontrar a quien realmente alcance este nivel, ya que lo normal es que requiera varias reencarnaciones hacerlo y no siempre seguidas. El proceso puede abarcar perfectamente cientos de años.

Bien. La mayoría, sino todos, estaréis pensando, “¡ésta está loca! ¡Vaya cuelgue lleva!, ¿Qué se habrá fumado?”, y la verdad es que quizá no os equivoquéis demasiado desde el punto de vista de una persona normal, pero, donde ésta ve locura, el que sigue el camino iniciático ve inspiración, y sería tan imposible para éste hacer ver a aquéllos lo que él ve, como para una vaca convencer a un león de lo deliciosa que es la hierba del prado.”Ésto es exquisito. ¡Deja la carne y vente a comer verde hasta hincharte!” ¿Imagináis lo que pensaría el félido? “¡Esta está loca! ¡Vaya cuelgue lleva! ¿Qué se habrá fumado?”

Si habéis leído y entendido, podréis comprender que poco tienen de luciferinos aquellos grupos que dicen adherirse a esta doctrina y predican la felicidad y disfrute de la vida. Los hay, y muchos, pero, si os interesáis por ellos, encontraréis que no tardarán demasiado en organizaros un fin de semana “para conocer al grupo y sus ceremonias”, previo pago por la estancia organizada en hotel y demás, como el CLUV (Círculo Luciferino de Valencia), venderos este o aquel libro o cobraros bajo un concepto u otro para alcanzar el siguiente grado, como el “Ordo Templi Orientis” (OTO) y los “Illuminati” de Alejandro de Rojas, aunque estos se dicen luciferianos para marear un poco la cosa. En el camino luciferino hay sexo y placer, sí, y mucho, pero el que llegue a él buscando ésto será un iluso y poco durará en una auténtica hermandad del tipo, pues ya se ha explicado que junto a ello hay auténtico dolor y sufrimiento en grado extremo. A diferencia de casi cualquier otra religión, el luciferismo no está interesado en el ingreso de nuevos adeptos, sino que, por el contrario, busca resultar una minoría muy selecta y recibe a los nuevos adeptos con muchas precauciones y desconfianza. Así que, a cualquiera que intente atraeros hacia esta fe, podréis llamarlo embaucador sin temor a equivocaros. Yo por mi parte, desaconsejo totalmente el acercamiento, salvo sentir inequívocamente su llamada. Ya veis que el panorama que os describo es crudo y nada seductor. Sólo uno de cada muchos, muchísimos, tiene verdaderamente la llama en su interior y, aún muchos, muchísimos de entre estos portadores, se quedarán en el camino. Multitud son los que han pagado con la vida o con su salud mental el iniciar indebidamente ese camino.

EL LUCIFERISMO Y LA CIENCIA

Pese a lo que podáis pensar muchos, los principios y postulados luciferinos están resultando más compatibles con los científico de lo que se hubiera podido pensar hace todavía no muchos años. El ejemplo que más a menudo suelo citar, es la concepción de la realidad d ésta doctrina. Según ella, los seres humanos habitamos un plano de la realidad, que no es sin embargo uno más entre otros varios. Se habla del inframundo para referirse a aquél en que se moverían Lucifer y los otros seres superiores, y de “la partida hacia otros planos” que ya he comentado. También de una macrorealidad que nos envuelve y no percibimos, pero que sin embargo captamos de alguna manera, especulándose que, las coincidencias entre religiones a que me referí al principio, vendrían dadas por esa misma percepción por parte de los distintos pueblos que conoció la humanidad, explicada por cada uno a su manera y según sus posibilidades.

Pues bien, esto podría muy bien corresponderse con la moderna teoría de cuerdas y el universo multidimensional. Según la física de vanguardia, habitamos un universo de 11 dimensiones, de las cuales solo conocemos y nos movemos por cuatro: ancho, largo, alto y tiempo. Nuestros sentidos sólo captan la porción de realidad perteneciente a éstas. Sin embargo, quedarían seis restantes, que nos envolverían sin percibirlas, ni a los seres que en esas realidades pudieran desenvolverse. No obstante es de suponer que pudieran darse combinaciones de dimensiones diferentes. Si nosotros nos desenvolvemos en ancho, largo, alto y tiempo, podría darse que, determinados seres, se movieran en X, Y, largo y Z, por ejemplo, con lo cual compartiríamos una dimensión y habrían determinadas “interferencias”, que podrían corresponderse con seres que el ser humano ha mediocaptado desde siempre y, en su ingenuidad, concebido como fantasmas, extraterrestres, seres mitológicos, duendes, etc, a los que se atribuyen extrañas apariciones y desapariciones. Éstas distintas combinaciones de dimensiones, coincidentes en mayor o menor medida, o incluso en ninguna, con la nuestra, se corresponderían con los distintos planos de que hablé.

Pero aun podría haber más. Desenvolviéndonos en una realidad parcial de cuatro dimensiones, insertada en una total de once, podría ser también que, perteneciendo a ella como pertenecemos, percibiéramos de alguna manera algo de aquéllo que nos envuelve y no captamos plenamente. Dado que no sería con nuestros sentidos, no podríamos traducirlo a concepciones posibles para nuestra mentalidad, que únicamente concibe en alto, largo, ancho y tiempo. Esto podría corresponderse con esa misma realidad captada por los distintos pueblos, que dio lugar a las distintas religiones según la explicación de cada cual, pero con coincidencias notorias entre ellas.

Finalmente, los dioses de que se habla en aquéllas, Lucifer, los ángeles y compañía, podrían resultar seres multidimensionales. Es decir, seres capaces de percibir la realidad en su total expresión y desenvolverse por toda ella a través de todas las dimensiones que la conforman. La figura de Creador queda al margen de esta hipotética clasificación. De existir -la doctrina luciferina cree que lo hace-, este ser no sólo se desenvolvería a través de la realidad en su totalidad, sino que sería la fuente de ésta.

En fin, para entender la cosa más o menos hay que dedicar muchas horas a la lectura científica y proceder a la comparativa, pero he querido citar en éste artículo una comparación que suelo hacer cuando intervengo en debates sobre el tema.

PARA FINALIZAR

Encontraréis en muchos casos, círculos luciferinos de inspiración nacional-socialista y profundamente racista. Ello se debe a una muy polémica interpretación de la doctrina luciferina. Según ésta y como ya he descrito, se concibe al ser como de inspiración divina, y el objetivo del adepto es recuperar su condición perdida. Ello ocurre a través de una larga evolución de la consciencia, desde los niveles básicos de la vida, pasando por el del vegetal y animal, hasta llegar al ser humano. A medida que la conciencia avanza en intensión, reduce su extensión, Es decir, una única consciencia que estaría repartida en una gran masa vegetal, por ejemplo, llegaría a quedar condensada en un solo ser humano al término de su evolución. Pues bien, una vez llegados a este nivel –el del ser humano- la evolución continúa a nivel individual y, según los defensores de la teoría racista, su culminación vendría en la figura del ario, que sería el máximo nivel de perfección física alcanzable en este plano. A esta teoría, seguida por un amplio sector de la doctrina, se opone otro igual, en el que me incluyo, que piensa que ario no es sinónimo de perfección, ni mucho menos. Hay individuos de otras razas, mucho más evolucionados que el más ario entre los arios.

Las doctrinas más cercanas al luciferismo son la WICCA y las neopaganas. La primera se acoge a una base bastante similar, pero desvirtúa –en opinión de los luciferinos- la esencia con sus postulados acerca del amor universal, el Bien y la oposición al uso de la magia negra. Bien y Mal son principios universales ambos. Tanta aberración supone el pretender eliminar totalmente el Bien de la naturaleza humana, como pretender hacerlo con su gemelo, el Mal. Ésta necesita de ambas contrapartidas e, intentando eliminar la influencia de una de ellas de la balanza, se rompe el equilibrio cósmico en aquélla. El adepto luciferino no es necesariamente maligno, como tampoco lo es su religión, pero tampoco benigno. Será pues capaz del mayor bien y del mayor mal, según convenga en su camino. Es aquí donde las hermandades que han practicado el sacrificio humano en los últimos años, como los “Gipsy Jocker’s” o los “Iluminados” suecos, buscan su justificación. Precisamente Gabriel Carrión, religioso e investigador de las sectas criminales, se ha pronunciado al respecto en los siguientes términos:

“El peligro de los luciferinos es muy superior al de los satánicos porque su filosofía avala todas sus acciones. Para mí son el enemigo público número uno dentro del entramado del Maligno. Y digo esto porque están inmiscuidos en muchas actividades culturales, sociales y políticas de Europa, y porque para ellos todo vale, todo es justificable, nada es pecado. Se podría decir que Lucifer es el dios de la justificación, mientras que Satán lo es de la miseria y el dolor.

Los luciferinos se apoyan en un sustrato teórico importante. Son personas pertenecientes a la clase media y media-alta, con un elevado nivel cultural. Son mucho más sibilinos que los satánicos y están mucho mejor preparados que ellos. Una secta luciferina no destruye mentalmente a sus adeptos, sino todo lo contrario; refuerza su personalidad, ya que hace que el luciferino asuma por sí mismo la filosofía que preconiza sin aparente ´comedura de coco’. En mi opinión, éste es un aspecto que da mayor solidez a su peligrosidad.

Los luciferinos son racistas y no están al margen de los brotes actuales de xenofobia; para ellos la raza blanca es superior a las demás, es la más importante del planeta. Como adoradores del dios de la justificación, contemplan tranquilamente el hambre y las guerras , y, por supuesto, la destrucción de todas las razas por la suya.”

En mi opinión, se trata de una descripción bastante ajustada a la realidad. Peca en algunos aspectos, como el del racismo –ya comenté al respecto la división entre luciferinos-, de extender lo que reza para la parte al todo, pero, por lo demás, el hombre tiene criterio. En fin, es su opinión.

En cuanto a los neopaganos, la diferencia respecto a los luciferinos radicaría en que los primeros pretenden permanecer estáticos, aferrándose a cultos del pasado, mientras que los segundos resultarían de la evolución u síntesis de éstos.

Pues bien, con esto llegó al término de mi tan anunciado artículo sobre el luciferismo y su doctrina. Es muy posible que me deje muchas cosas en el tintero –tened en cuenta que estoy resumiendo toda una filosofía milenaria en unas pocas líneas-, pero con ello ya podréis formaros una primera idea sobre el tema y opinar con mayor conocimiento de causa.

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